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Historias de Banderas

Mataderos

La Bandera de la que vamos a hacer mención esta vez no sigue concurriendo a la cancha. Es más ya pasó a mejor vida. Guillermo “Ruso”, Hernán y Daniel (quien tenía la de Ciudad Evita) eran los encargados de llevarla a donde jugara el Fortín. Cuentan que este trapo fue uno de los primeros que tuvo un estilo “bufanda”, ya que medía siete metros de largo y daba esa impresión. Sufrió algunas modificaciones en especial en aquella época de banderas mayores a los 2 metros por 1.

Este trapo concurrió de visitante por última vez justamente al barrio que hace mención su leyenda en el año 2002. Era un blanco obsesivo para ese pequeñísimo grupo de hinchas de un equipo de aquella zona.

La Bandera de la que vamos a hacer mención esta vez no sigue concurriendo a la cancha. Es más ya pasó a mejor vida.

 

Guillermo “Ruso”, Hernán y Daniel (quien tenía la de Ciudad Evita) eran los encargados de llevarla a donde jugara el Fortín. Cuentan que este trapo fue uno de los primeros que tuvo un estilo “bufanda”, ya que medía siete metros de largo y daba esa impresión. Sufrió algunas modificaciones en especial en aquella época en la que no se podía ingresar a los estadios con banderas mayores a los 2 metros por 1. Igual que ahora, bah.


Este trapo concurrió de visitante por última vez justamente al barrio que hace mención su leyenda en el año 2002. Era un blanco obsesivo para ese pequeñísimo grupo de hinchas de un equipo de aquella zona.

 

Guillermo o el Ruso (como le gusta que lo llamen) es oriundo de Mar del Plata. Se hizo hincha de Vélez por su padre. Cuando su familia se mudó de su ciudad natal al barrio de Versailles encontró su amor, su lugar en el mundo, su pasión en  el club.

 

Al tener conocidos en Mataderos, era a él a quien lo buscaban para averiguar quién tenía esa insignia que nombraba al barrio del oeste de la Capital Federal. Un día aquellos simpatizantes del clubcito le dijeron: “Sabemos que la bandera de Mataderos está, pero lo que también sabemos es que no se encuentra acá”. El trapo corría peligro. Fue así que decidieron guardarla entre partido y partido en una cámara subterránea debajo de su casa. El tiempo pasó y un día, cuando fueron a sacarla la encontraron toda podrida. Había llovido mucho, el agua se filtró, se fue mojando y provocó que ya no quede nada. Fue el final. La despidieron con dolor. Recordaron todas las canchas a las que fueron con ella, los cielos en los que flameó, los goles que provocaron abrazos incontenibles, llantos y risas. El trapo ya no servía más pero tuvo una vida digna plena de alegrías, triunfos y vueltas olímpicas.

 

Para este grupo de amigos cada vez que jugaba Vélez les implicaba hacer un operativo de seguridad para que no corra riesgos su trapo. Por tal motivo el encargado de transportar  la bandera era Hernán, a quien se la enroscaban en la cintura. Después se tenía que poner un buzo grueso. No importaba si hacía calor o frío. Lo único que importaba era preservar el trapo.  

 

Esta bandera de Mataderos tuvo un antecesor de menor tamaño que fue hecha en el año 1992 y fue quien siguió la etapa dorada del Fortín.

 

Hernán recordó el día de la final contra el San Pablo de Tele Santana. Llegaron en la mañana de ese mítico día bajo un calor intenso que azotaba todo Brasil. “Viajamos separados y no teníamos entradas” dijo entre risas como quien recuerda una travesura. Pero las carcajadas estallaron cuando rememoraron el momento en el que “Tito” Pompei convirtió el último penal de la serie, la que nos transformó en Campeones de la Copa Libertadores de América. Aseguran que tardaron un rato largo en tomar conciencia del logro.

La primera de las banderas tiene una jugosa anécdota durante esa misma Copa. Ocurrió en otro viaje a Brasil, cuando enfrentamos al Cruzeiro de Ronaldo. Esta odisea al país vecino contó con la particularidad de que el “Ruso” viajó con los documentos de otro (por razones que mejor vamos a obviar en esta reseña). Todo el viaje tuvo miedo de caer en “cana” si lo descubrían.

 

Pero como todo tiene un comienzo vale recordar que los muchachos se conocieron en un viaje rumbo a Corrientes para presencias un partido contra Mandiyú. Hernán y Daniel eran compañeros de tranajo, mientras que Guille viajaba solo. Y como sucede en los viajes entre chistes se comenzó a formar una amistad que  luego de ese partido se convirtió en una costumbre, casi una cábala infalible: concurrir juntos a todas las canchas donde jugara El Fortín. “Éramos todos de distintos lugares, nuestro punto de reunión era la popular velezana” exclaman. Recuerdan que antes no era tan sencillo trasladarse ya que había que viajar en colectivo con la bandera enroscada al cuerpo, sudando la gota gorda y sin poder sentarse aunque medio bondi estuviera vacío. La otra posibilidad era que uno de los muchachos del grupo ponga un auto para ir con más precaución.

 

Por aquellos tiempos había muchos pibes que tenían sus insignias y la de Mataderos siempre se ubicaba detrás del arco junto con la de Ciudad Evita, “A veces llegabas a la tribuna y te encontrabas con el que el lugar de la bandera ya estaba ocupado, pero la mayoría de las veces quedaban los huecos para poder colgarla, era un ritual”.

 

La bandera de Mataderos ya no está más entra el gentío azul y blanco. Al final de cuentas la humedad y las cucarachas pudieron más que aquel grupito ínfimo del barrio que buscaba apoderarse de ella.  Y así fue. Después de tanta alegría, de tanto viaje, de tanto campeonato ganado murió sin caer en manos de otros. Como se debe. Mientras vivió fue la más feliz, simplemente porque era fortinera.
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