Subcomisión del Hincha

Gordo de gloria

Tarea muy difícil es elegir entre los miles y miles de hinchas de Vélez al más representativo, al más apasionado, al más enfermo en definitiva. Éramos campeones del mundo. Y él, el ?gordo Carbone?, o Marcelo Crescio, según el DNI, estaba ahí, entre los ?ponjas? medio en pedo festejando. A días del reconocimiento, la Subcomisión del Hincha entrevistó a este hincha muy caracterizado con el club.

Iba a pasarse los próximos dos años a pan y agua. ¿Pero quién le iba a quitar lo bailado?, o en realidad, ¿quién le iba a borrar de la retina el baile que le dimos al Milan aquel glorioso 1° de diciembre de 1994?

Tarea muy difícil es elegir entre los miles y miles de hinchas de Vélez al más representativo, al más apasionado, al más enfermo en definitiva.

 

¿Con qué vara medir la mayor locura para estar donde el Fortín juegue? ¿Cómo se cuantifique el delirio? ¿Y el amor cómo se mide?

 

Teniendo en cuenta todas estas dificultades y viéndonos ante la situación concreta de tener que escoger a uno y solo uno, en la Sub Comisión nos trenzamos en una discusión que amenazaba con ser eterna.

 

Cada uno tenía su candidato y los argumentos para justificarlo.

 

Pero de pronto apareció alguien que había dado muestras suficientes de su amor por el Fortín a través de los años. Habitué constante de las tribunas de todo el país y del exterior. Loco como pocos a la hora de alentar al equipo al que todos amamos, juegue donde sea y contra quien sea.

 

A esa persona la conocemos todos. Hay miles de anécdotas que lo tienen como protagonista. Sabemos de su vozarrón en cada canto y de sus puteadas.

 

De cuna fortinera fue de pibe el ladero perfecto de su padre a la hora de venir a la cancha. Esperaba toda la semana que llegue el domingo para ir a ver a los de la V azulada. Soñaba con ser jugador de Vélez, pero su mayor deseo era que el Fortín salga campeón.

 

Ya de adolescente se volvió de su viaje de egresado para ver un partido. Ni bien se escuchó el pitazo final se volvió a Bariloche con sus compañeros. Se perdió tres días de los ocho. Pero, ¿qué importaba?

 

Tenía 33 años cuando lo vio por segunda vez Campeón a Vélez. En el 68 era muy chico. Pero la memoria se le refrescó de golpe con la seguidilla de los 90.

 

En el 94 se fue a San Pablo -Brasil- a ver como ganábamos la Libertadores en el Morumbi.

 

Pero la locura mayor estaba por venir.

 

La Intercontinental se aproximaba. Había que ir a Japón si o si. Pero plata no tenía. Igual reservó un pasaje. Desde la agencia lo llamaron cientos de veces para que vaya a abonarlo hasta que un día le dieron el ultimátum: ?o viene a pagar o lo borramos de la lista?. Esa noche no podía parar de llorar. Estaba en la cocina tomando mate y moqueando cuando apareció la gloriosa idea: ¡hipotecar la casa! Era una locura pero él estaba acostumbrado a esos golpes de timón, así que solo restaba pasar por una escribanía y hacer realidad el delirio.

 

Al otro día nomás se fue con los papeles de su única casa, en la que vivía con su esposa y su hijo y le dieron el dinero necesario para el dichoso viaje.

 

Iba a pasarse los próximos dos años a pan y agua. ¿Pero quién le iba a quitar lo bailado?, o en realidad, ¿quién le iba a borrar de la retina el baile que le dimos al Milan aquel glorioso 1° de diciembre de 1994?

 

Ya con la copa ganada se fue al hotel y recordando a su viejo, a su familia, a sus amigos que ya no estaban les dedicó unas lágrimas de emoción.

 

Éramos campeones del mundo. Y él, el ?gordo Carbone?, o Marcelo Crescio, según el DNI, estaba ahí, entre los ?ponjas? medio en pedo festejando.

 

¿Qué carajo importaban las cuotas que tenía que pagar durante dos años después de eso?