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Club Atlético Vélez Sarsfield

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Subcomisión del Hincha
Historias de Banderas

Cuarteto de Banderas

Esta vez no les vamos a contar la historia de una bandera sino de un cuarteto de trapos. Y como en toda banda hay uno que es más notorio que el otro, pero todos se necesitan entre sí. Hablamos de esa serie de estandartes que conformaron una rareza de diseño, que llamó la atención de todas las hinchadas y que hasta intentaron copiarla con distinta suerte. Son las tres camisetas (una blanca, otra azul y la última italiana) y la cara de Bianchi que se pasearon por todas las canchas donde el Fortín jugara desde principios de los 90 hasta hace poco.

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Las hice porque me gustan, me dan orgullo, eran y son distintas a todas. Son mi documento de identidad

Esta vez no les vamos a contar la historia de una bandera sino de un cuarteto de trapos. Y como en toda banda hay uno que es más notorio que el otro, pero todos se necesitan entre sí.

Hablamos de esa serie de estandartes que conformaron una rareza de diseño, que llamó la atención de todas las hinchadas y que hasta intentaron copiarla con distinta suerte.

Son las tres camisetas (una blanca, otra azul y la última italiana) y la cara de Bianchi que se pasearon por todas las canchas donde el Fortín jugara desde principios de los 90 hasta hace poco.

Los creadores del singular cuarteto son Omar Somoza y Ricardo Parisi. Juntos suman la misma edad que el Club, 102 pirulos.

Omar es locuaz, gracioso y con una memoria fotográfica, completamente pelado y con un arito con el escudo de Vélez en la oreja izquierda. Ricardo es más callado y le festeja cada comentario a Omar. Se conocen desde la niñez pero recién ahora vienen a descubrir que son medio parientes. Sin duda, unos personajes tan increíbles como adorables.

Omar nació en Araujo y Pizarro, a cinco cuadras de donde estaba la vieja cancha de Basualdo y Schmidel en el seno de una familia por completo fortinera.

Allá por el 66 fue por primera vez a la cancha. Lo llevó su viejo (a quien califica de “enfermo”) y su primo Jorge, por entonces jugador de las inferiores velezanas.

En el 68 fue al Viejo Gasómetro cuando dimos la primera vuelta. Recuerda que a la salida su viejo le compró un muñeco del Topo Gigio con la camisetita con la V azulada. Con los días la pintura se le empezó a ir y vio que debajo tenía la de River. Los vendedores los habían rehecho de apuro en pleno partido porque sino se los tenían que meter en los más oscuro de su ser.

Pero el recuerdo más fuerte de su infancia fue aquel fatídico partido del 71, los carnets rotos, los llantos. Su primo le había mangueado a Carlitos Bianchi la camiseta de ese partido y cuarenta años después Omar la tiene en su casa, como uno de los tesoros más importantes de los muchos que guarda celosamente.

Con el tiempo a esa joya se le agregaría la medalla de Cardozo de la Supercopa o la camiseta de Japón también del “Pacha”, una Umbro de mangas largas sin publicidad.

Toda la familia de Omar es de coleccionar tesoros fortineros.

-Mi viejo tenía una camiseta de Gallo, aquel 4 imbatible. Uno de mis tíos, un sabelotodo velezano que solía ganar concursos de preguntas y respuestas, tenía la de Ortega Sánchez y con ella se fue en el cajón.

Ricardo también tiene sus trofeos y recuerdos de infancia. Nació a una cuadra y media del viejo Fortín. La tía de su padre era María, la mítica canchera que supo mantener a fuerza de trabajo, semillas y ovejas el pasto de la cancha en perfectas condiciones. Su papá fue quien hizo los trabajos de extracción de agua y Ricardo, de pibe, ayudaba a darle a los jugadores un mate cocido y un pan después de cada partido. Eran tiempos muy distintos.

En el 68 lo disfrazaron para ir a ver al primer Vélez campeón. Fue en una camioneta Chevrolet Apache toda pintada de azul y blanco. Y volvió caminando desde Avenida la Plata para ver como todo Vélez se tiraba desde los trampolines a la pileta olímpica.

El padre, Pedro, y su tío Jaime eran con quienes iba a la cancha. Siempre a un costado de la barra, hacia el lado de Rivadavia. Un día, ya adolescente, Andrés “Chicago” lo ve y le da el bombo para que toque durante todo el partido. A Don Pedro no le gustó nada pero igual lo dejó. Solo se acercó para decirle al oído: “en casa hablamos”. Después llegaría el sermón pero a partir de entonces fueron cada uno por su lado al Amalfitani. El pibe había crecido y se empezaba a “enfermar” por la pasión fortinera.

Recuerda, por ejemplo, cuando faltó tres días al colegio para ir a verlo contra Atlético Tucumán. Viajó con Andrés en el hueco de dos vagones porque no tenían un mango.

De golpe con Omar empiezan a hacer una suerte de compulsa para ver quien hizo la mayor locura por el Fortín. Y éste recuerda cuando se fue a Jujuy menejando su Fiat Uno de un tirón y terminado el partido se volvió. Estuvo más de un día conduciendo para ver 90 minutos a Vélez.

O cuando se fue al Centenario de Montevideo para ver un amistoso con Nacional. No tenía entrada y presentó la Cédula de Identidad como si fuera un carnet de periodista. Y lo dejaron entrar.

O cuando fueron al Chateau contra Belgrano. Eran 25. Cuando faltaban 5 minutos aparece Rogelio con el Indio. Se habían quedado antes de Rosario con la camioneta y llegaron a dedo. “Lo único que quería era ver la camiseta”, dijeron.

Cuentan una anécdota detrás de la otra. Y se matan de risa juntos. Hasta que llega el turno de hablar del nacimiento de las banderas. Omar arranca.

-La primera que hicimos fue la blanca con la V azul. Fue en el 92. Una obra maestra de la alta costura. La hizo mi tía Dora a partir de una camiseta real. La desarmó e hizo una tres veces más grande. Exactamente todo multiplicado por tres. Estaba meta medir y hacer cuentas. Y quedó buenísima. Encima ahora que la veo está actualizada porque tiene la publicidad de Samsung.

La llevaron al Amalfitani en un partido contra Quilmes. La colgaron del alambrado y se fueron a la Platea Norte para mirarla desde ahí. La camiseta triple quedó al cuidado de un amigo.

-Justo en ese partido se arma tremendo despelote con la policía. Incluso lo meten en cana a Tutuca. Cuando lo fueron a agarrar le metió un rodillazo a uno que todavía debe estar doblado el pobre tipo. Empiezan los gases, se arma el desbande y la bandera queda ahí solita. Hasta que la sacan. Pero no mi amigo. Chau, debut y despedida, la perdí. Encima viene el receso. Yo aprovecho para salir por las radios partidarias para pedir que me la devuelvan. Cuando arranca el otro torneo jugamos en la primera fecha contra Unión en Santa Fé en un partido que ganamos 1 a 0 con gol de Gareca. Yo solo quería encontrar al que se había llevado el trapo. Me habían pasado un dato. Y ahí estaba el tipo. Cuando lo vi empecé a subir los escalones desaforado. ¡Me imagino la cara que tendría! El chabón empieza a gritar: “pará pelado, te la doy, te la doy, yo solo quería cuidarla”. Y en Buenos Aires me la devolvió. Menos mal.

Le fue cambiando las publicidades para que esté siempre vigente. Tuvo la de Medicorp, la de Mazola y la de Samsung. Fue a todas las canchas donde jugó Vélez durante años. A Uruguay, a Brasil e incluso a Japón.

-Contra el Milan la pusieron arriba del banco de suplentes. Era la cábala. En el Morumbí cuando ganamos la Libertadores Pellegrino había dio la vuelta olímpica envuelto en ella porque en la espalda tiene el número 6.

Después vino la azul con la V blanca con la inscripción Samsung.

-Las hice porque me gustan, me dan orgullo, eran y son distintas a todas. Son mi documento de identidad.

Siempre llegaban temprano y las colgaban detrás del arco, del centro hacia el lado de la Platea Norte.

La cara de Bianchi tiene otra historia. Ya en el 82 u 83 Angelito Perrone hizo una bandera con la figura de Carlitos. En los videos del Mundial 86 se la puede ver. Después dejó de aparecer.

-Un día Darío Tonón viene y me dice: “loco, vos venís siempre. Así que te voy a dar una bandera muy preciada”. Y viene con la cara de Bianchi.

Y junto con la italiana se armó el cuarteto. Sin marca publicitaria pero siempre con la confección magistral de doña Dora. Otra vez tuvo que sacarle punta al lápiz y ponerse a multiplicar por tres.

Ahora ambos tienen un sueño que les hubiera gustado se haya hecho realidad para el Centenario Velezano pero aseguran que aún se está a tiempo.

-Quisiéramos hacer una tira de unos cien metros de largo para colgar en la Platea Norte Alta con la cara de los 100 mejores jugadores de la historia. Ya sé, es una locura. Habría que hacer una votación o una junta de historiadores debería fijar cuales son porque por ahí ponemos a todos los de ahora y nos olvidamos injustamente de alguna gloria.

Suena a utopía pero en Vélez muchas se hicieron ciertas de tanto soñarlas. Así que por ahí un día vamos a la cancha y ahí está colgando el trapo con los 100 cracks.

Omar y Ricardo pertenecen a una generación que vivieron en carne propia el crecimiento exponencial del Club. Pero parecen insaciables. Lo quieren inmenso ya.

-Mirá, yo fui al mismo secundario que ahora va mi hija. En mi división éramos 2 de Vélez. En la de ella son casi todos. Y si en 1971 no sucedía aquella desgracia seríamos el triple de lo que somos ahora.

Por ahí tienen razón. O en una de esas es solo un cálculo exagerado porque ellos lo quisieran ver al Fortín multiplicado por tres. De alguna forma se encargaron de remediarlo. Fue cada vez que le pidieron a la tía Dora hacer las míticas camisetas gigantes. Obviamente no podían ser de otra medida que del triple del real.

El tamaño de un grande. El grande que ya somos.

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