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Subcomisión del Hincha
Historias de Banderas

La Fortinental

Señoras, señores, de pie por favor. La bandera de la que hoy vamos a conocer su historia no es cualquiera. Es LA bandera. Es uno de los símbolos de una época, quizás la más gloriosa (hasta ahora) en cuanto a lo futbolístico. Apareció junto con los 90 (esa década dorada), se desplegó en todas las fiestas, y ahora cada vez que dice presente nos vuelve a abrigar, nos protege, sentimos que nada malo nos puede pasar. Señoras, señores, con ustedes: LA FORTINENTAL.

Obi nos habla de Vélez y se emociona. Liga un tema con otro, se ramifica, es una ametralladora de anécdotas. Pero se detiene respetuoso para hablar de Don Pepe.

Señoras, señores, de pie por favor. La bandera de la que hoy vamos a conocer su historia no es cualquiera. Es LA bandera. Es uno de los símbolos de una época, quizás la más gloriosa (hasta ahora) en cuanto a lo futbolístico. Apareció junto con los 90 (esa década dorada), se desplegó en todas las fiestas, y ahora cada vez que dice presente nos vuelve a abrigar, nos protege, sentimos que nada malo nos puede pasar. Es la envidia de los que la miran del otro lado. Pobres, nunca sabrán lo que es verla ondear sobre sus cabezas, en medio del griterío, los bombos, la celebración. Señoras, señores, con ustedes: LA FORTINENTAL.

 

El creador de este trapo de culto es “Obi” De Biasi. ¿Quién otro podía ser?

Obi nació es Schmidel entre Basualdo y Guardia Nacional, justo donde estaba el Fortín de Villa Luro originalmente. La madre lo hizo hincha y lo mandó a Vélez de chiquito.

 

-Vivía en el club. Estaba todo el día haciendo deportes. Tanto es así que lo representé en ajedrez y en gimnasia acrobática. ¡Mirá que disciplinas tan distintas! Nunca me voy a olvidar lo que era ir a la pileta cada verano.

Obi nos habla de Vélez y se emociona. Liga un tema con otro, se ramifica, es una ametralladora de anécdotas. Pero se detiene respetuoso para hablar de Don Pepe.

 

-Lo veías siempre haciendo algo o enganchando a alguien para que lo haga. Pero no caminaba solamente el club, también el barrio. Si se encontraba con un pibe en la calle ahí nomás hablaba con la madre y lo asociaba por un peso. Decía: “cada chico que se asocia es un campeonato ganado”. Y después había otro personaje tan querible y cascarrabias como Don Pepe, el Intendente Pelaiz. Si te enganchaba en alguna te corría mientras gritaba “te voy a sacar el carnet”. Pobre tipo. Cada tarde se lo repetía a media docena de pibes por lo menos.

Obi es una máquina de contar. Y disfruta como pocos. La charla la estamos teniendo en el Polideportivo después de un asado de la Subcomisión del Hincha. La gente nos rodea para escuchar lo que dice. Lejos de intimidarlo le encanta, alza la voz, busca sus miradas, se ríe a los gritos. Y nos reímos todos.

 

-En el 68 fui al Gasómetro contra Racing cuando le ganamos 4 a 2 y salimos campeones. Para esa tarde hice mi primer trapo. Una sábana con el dibujo de un indio y un fortín. Del partido no me acuerdo nada. Pero de los festejos nunca me voy olvidar. Me volví a Liniers en una camioneta gritando todo el trayecto. Cuando llegamos al Club nos subimos a un escenario que se vino abajo con toda la monada encima. Hubo miles que caminaron desde Avenida La Plata. Llegaban y se tiraban desde los trampolines en la pileta olímpica. Una fiesta increíble.

Obi no solo rememora una de las páginas más lindas de la historia velezana. También una de las más amargas. Como aquel partido fatídico contra Huracán, en el 71.

 

-No sabés lo que fue. Pintamos la cuadra, los árboles, los autos. Todo era azul y blanco. Ese día rompí el carnet. En 2009, casi cuarenta años después, vi como los de Huracán se tuvieron que comer la fiesta que tenían preparada.

El padre de Obi era de River y el abuelo de Ferro. Pero en otra clara demostración de la teoría darwiniana (aquella que dice que las generaciones se van mejorando) él es de Vélez. Lo dejaron elegir y acertó. Y repitió la fórmula con sus hijos. Les dio libertad y son fanáticos de la V azulada.

 

-Ese proceso lo veo en miles de pibes. Sus padres son de otro cuadro pero ellos se hacen de Vélez. ¡No sabés la satisfacción que fue cuando mis pibes empezaron a acompañarme a la cancha! Yo a Vélez lo amo. Imaginate, lo vi crecer, y veo que no para de crecer.

Ya a los 14 o 15 años no faltaba a ningún partido. Un poco más grande se hizo cargo de los trapos de la hinchada. Los propios y los ajenos. A estos últimos los llamaban “el museo”. Los llevaba en el baúl de una Chevy que tenía por entonces. Y con el tiempo empezó a pensar una bandera distinta, LA bandera, nada menos que la Fortinental.

 

-A fines del 91 decidimos hacer una bandera gigante. Tomamos las medidas de la Popular Oeste, a la que íbamos entonces. Y se armó el grupo para juntar la guita. Estaba Pinky, Chaplín, Tutuca, Chicago, Marcelo Sam. Dijimos de hacer una rifa, después una cena-show. Pero a Angel Perrone se le ocurrió la idea más simple y efectiva del mundo: manguearle a la gente con una especie de alcancía en cada partido. Teníamos que juntar 5000 pesos, es decir 5000 dólares. Era la época del 1 a 1. Zapata andaba siempre pidiendo y pidiendo. La gente ponía pero la idea era estrenarla para el partido contra Boca en febrero del 92 y no llegábamos. Y es así que aparece el salvador que nunca falta en una historia como ésta. Jorge Roth nos firma un cheque en blanco. Nos dice “pongan ustedes la cifra que les falta, cuando junten la guita me la devuelven”. Y es así que nos fuimos con toda la plata juntada en billetes chicos (una montaña así de guita) y el cheque hasta el Once. Ibamos en un Mehari y nos trajimos toda la tela necesaria. La pusimos debajo de la Platea Norte y en tres días primero la cosimos y después la pintamos. El diseño fue de Angelito Perrone. Le escribimos en las cuatro puntas la indicación ARRIBA, ABAJO, IZQUIERDA, DERECHA, porque en el torneo anterior los de Argentinos habían estrenado un paño grande y lo abrieron patas para arriba. ¡Un papelón! Por fin llegó el dichoso partido contra Boca. Estábamos ansiosos. Queríamos ver la reacción de la gente. ¡Y la abrimos! Se caían todos de culo. Fue tremendo. Me puse a llorar. Era el sueño cumplido.

 

Después cambiaríamos de tribuna. La Este es más ancha que la Oeste y la Fortinental quedó chica. Ya no cubría toda la tribuna. A algunos se les ocurrió adosarle dos paños a los costados con el dibujo de las copas, pero se dejó así. Es la Fortinental, es intocable.

 

-Una sola vez la llevamos de visitante. A la cancha de San Lorenzo. Fue jugado, pero también una demostración de huevos, una mojada de oreja. La subimos a un colectivo arrollada y la metimos entre 40. ¡Cuando la desplegamos se querían matar!

Obi se mata de risa. Y la carcajada se replica en todos los presentes. Alrededor nuestro cada vez hay más gente que lo único que falta es que se pongan a aplaudir. Él se envalentona y sigue.

 

-El mayor lio es cuando se moja. Hay que llevarla a la caldera del Club y secarla. Una vez nos demoramos unos días y empezó a echar un olor a podrido tremendo. Hubo que lavarla, abrirla en la popular y después secarla en la caldera. ¡No sabés que despelote! Lo tuve que hacer solo con mi hijo Obito. Quedamos muertos. Llevar los trapos nos es joda, es una responsabilidad muy grande.

En la Libertadores del 94 fue la cábala oficial. No faltó a un solo partido y salimos campeones. La última vez que dijo presente fue contra Peñarol, hace unos meses. Ganamos pero igual nos quedamos afuera.

 

-Una bandera como la Fortinental no tiene fecha de vencimiento. Es emblemática de todo lo que ganamos.

A Obi le encantan los trapos grandes. Nombra el paño con los colores italianos del 98, o aquel que decía “La banda del champagne”, que era de unos locos que brindaban con un champucito después de los partidos. O esa foto del Gallego González gritando en el alambrado. Justo donde había una bandera con la imagen de Patoruzú. Y que pareciera que ambos celebran el golazo. También nombra un trapo que le encanta, uno que tiene pintado a su ídolo: Chilavert.

-Cuando el Chila se fue a jugar a Francia, le organicé la despedida. Lo acompañé a Ezeiza. Le agradecí todo lo que nos había dado. Unos meses después, el 31 de agosto (día de mi cumpleaños) suena el teléfono de casa y una voz me dice: “Feliz cumple, maestro”. Era Chilavert desde Paris. No lo podía creer. A los pocos años me lo cruzo, le agradezco aquel llamado y me dice: “¿Cómo no me voy a acordar del día de tu cumpleaños si es el mismo que cuando ganamos la Libertadores?”.

Obi no para. Tira y tira para disfrute de todos los que en el Polideportivo se suben a las sillas y a las mesas para ver y escuchar mejor. Ahora si lo aplauden, se matan de risa con cada ocurrencia. Y el griterío convoca a más gente.

 

-¿Sabés cuál es mi sueño? Pero mi sueño posta, eh. Porque yo las cosas las sueño y después se me cumplen. ¡A la Fortinental la soñé! ¡La Caravana la soñé! ¡La murga también la soñé! Y todo se cumplió. Bueno, ahora lo que quisiera es un par de banderas que bajen desde lo más alto de las Plateas Sur y Norte y caigan hasta abajo de todo. Los de la tele me van a matar pero, ¿qué me importa? Aunque mi deseo más profundo es que Vélez siga por este camino, creciendo, con miles de pibes haciendo deportes, ganando campeonatos. Así como ahora, siendo ejemplo. Haciendo lo que hacía Don Pepe. A mi me gusta mucho una frase que decía Osvaldo Rao: “Por un Vélez mejor de lo que somos y más grande de lo que pretendemos”.

 

Dice la frase y ahí si la muchedumbre que se armó a su alrededor lo aplaude, lo viva, le palmean el hombro. Él se mata de risa y se anima a seguir hablando.

Yo agarro mi cuadernito y pidiendo “permiso, permiso” me voy abriendo paso.

Lo dejo a Obi jugando al juego que mejor juega. Se queda en medio de la marea fortinera meta contar y contar historias. A los que escuchan les gusta. A él, simplemente, le encanta.

 

Entrevista por: Juan Otero
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