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Club Atlético Vélez Sarsfield

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OSCAR HUSS

La paradoja gigante
Oscar Huss nació un 22 de junio de 1925 y cursó todas las divisiones menores en Vélez Sarsfield. Victorio Spinetto fue quien lo promovió a primera como back derecho y lo hizo debutar el 14 de octubre de 1945 frente a Chacarita en reemplazo de otro referente: Víctor Curutchet. Su enorme personalidad y su fortaleza física- dueña de una musculatura poco frecuente- lo afirmaron en la titularidad en la siguiente temporada.
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El Negro disputó su último partido con la V azulada sobre su piel el 15 de diciembre de 1957 en el marco de una victoria ante Racing por 2 a 1 en el Amalfitani.

En lo objetivo la Historia es la disciplina que estudia y narra los acontecimientos relativos al hombre y a las sociedades humanas en el transcurso de sus distintas etapas.

Sin entrar a considerar la valoración que de esos acontecimientos han hecho, hacen y harán los historiadores, debemos aceptar que los relatos no han sido equidistantes en todos los casos, ya que de un mismo suceso es dable apreciar en sus relatores versiones totalmente contrapuestas.

Sin que esto signifique un juicio de valor, vemos que muchos protagonistas han merecido por sus actitudes, el permanente reconocimiento de haber entrado y estar presentes en la Historia.

Otros, tal vez por la falta de espectacularidad que revistieron sus acciones o por la modestia con que el mismo actor las llevara a cabo, pareciera ser que son quienes pasaron a la Historia, lo que en términos objetivos no es lo mismo.

En esta nota nos referimos a un personaje notable de la vida del glorioso Club Atlético Vélez Sarsfield, y coincidiremos en que su nombre merece estar entre las glorias más destacadas de nuestra Institución.

Fue tal vez el menos afamado integrante de aquel fabuloso equipo del 53, pero sin dudas el más auténtico.

Centrodelantero en sus comienzos, convirtió numerosos goles merced a su empuje y potente remate, lo que le valió el apodo de "El Tanque". Más tarde no opuso reparos cuando la dirección técnica consideró que su labor sería más eficiente en evitarlos y aceptó disciplinadamente el cambio, transformándose en defensor central y "El Negro" para la afición.

Su imponente estructura física lo hizo blanco de la crítica de los adversarios y el periodismo especializado por la reciedumbre de su juego. Nunca lesionó a nadie y fue uno de los jugadores menos expulsados por acciones bruscas.

El mismo concepto lo hacía aparecer una persona hosca y poco amistosa. Por el contrario, su trato era sumamente amable y educado y sus compañeros disfrutaban de su carácter alegre y cordial.

De sonrisa franca y espontánea, fue un optimista motivador en todos los planteles que integró, condición esta que no le impidió manifestar su discrepancia cuando las circunstancias así se lo indicaban...

Sin ostentaciones ni alharacas, de forma casi inadvertida, fue uno de los mayores referentes de un estilo de juego que aún se recuerda como exponente de un fútbol técnico y virtuoso.

No desdeñó los halagos de la gloria deportiva -merecidamente conquistada- pero tampoco los buscó y siempre aceptó lo bueno de su suerte, refugiado en el cariño de su familia íntima y el de todos los seguidores de una camiseta con la V azulada, única que vistió en su vida.

Su larga carrera es muestra cabal de la fisonomía exhibida por nuestros equipos: solidez, nobleza, entrega, contundencia, habilidad, y sobre todo hombría y coraje.

Quienes alguna vez concurrimos para alentar a nuestro equipo en escenarios para nada amistosos, sabemos lo que significaba, para sus compañeros en la cancha y para nosotros en la tribuna, la influencia de este noble gigante cuya presencia imponía tranquilidad y confianza.

El respeto y la discreción fueron normas distintivas en su existencia - tanto en la faz deportiva como en su vida privada -, y no se le conocen actitudes que puedan modificar ese concepto. Es de aquellos que "no se la creen" por el éxito circunstancial, o "tiren la esponja" si las cosas no salen como ellos quieren.

Con profundo amor y permanente gratitud rendimos nuestro tributo a una leyenda velezana... Un hombre y un nombre: OSCAR ANTONIO HUSS.

Osvaldo Gorga

 

"Rugilo; Huss y Allegri..." así recitan nuestros abuelos o padres, de memoria y sin vacilar, esa mítica alineación que se instaló en las canchas y en el colectivo popular desde mitad de los 40 y hasta mediados de los 50. La enumeración que proclaman los veteranos hinchas siempre hace un alto en la dupla central, Huss y Allegri, quienes trazaron un recorrido que superó una década calzados con la camiseta velezana y se convirtieron en una leyenda, que como todas, se agiganta con el tiempo y trasciende generaciones.

Oscar Huss nació un 22 de junio de 1925 y cursó todas las divisiones menores en Vélez Sarsfield. Victorio Spinetto fue quien lo promovió a primera como back derecho (en las inferiores era centrodelantero) y lo hizo debutar el 14 de octubre de 1945 frente a Chacarita en reemplazo de otro referente: Víctor Curutchet. Su enorme personalidad y su fortaleza física- dueña de una musculatura poco frecuente- lo afirmaron en la titularidad en la siguiente temporada.

En 1947, el ojo clínico de Don Victorio ascendió al plantel profesional a ángel Allegri quien se transformó en el socio ideal de Huss y juntos conformaron un puntal defensivo fortinero ubicado en el altar de las grandes parejas de marcadores centrales a la par de Forrester y De Saá, Curutchet y Angrisano o Trotta y Sotomayor. El dúo armonizaba a la perfección, le colocaba un cepo a los ataques rivales y fue bastión de resistencia en la época de resurrección institucional. Ambos dominaban todos los secretos de la estructura defensiva y edificaron un bloque sólido, homogéneo y fiable al que los simpatizantes le rendían pleitesía.

Oscar Huss era el escudo, el resguardo en el que se cobijaban sus compañeros juveniles. El Negro se interponía ante los arrebatos de guapeza de los futbolistas adversarios y con su intimidante presencia y su mirada severa les clavaba el freno a las bravuconadas enemigas y actuaba como un padre protector en los escenarios y en las coyunturas más difíciles.

Su bigote a lo Guy Williams, su dorsal con el digito "2"(los números en las casacas se se implantaron el 26/6/49), su natural y espontánea estirpe de caudillo, su brazalete de capitán y sus potentes remates con la pierna derecha (que le acreditaron la mayoría de sus conquistas vía tiro libre o penal) ornamentaron y enriquecieron la célebre formación del 53, una de las mejores escuadras de nuestra historia, que se alzó con el Subcampeonato. El binomio defensivo cerró el candado del área velezana y provocó, en aquel certamen, que el arco de Vélez fuera el menos vencido por primera vez en el profesionalismo.

La columna vertebral de aquel equipazo (Adamo; Huss y Allegri; Ovide, Ruiz y García; Sansone, Conde, Ferraro, Zubeldía y Mendiburu) tenía mecanizada y lubricada la rutina: El flaco Jorge "Finito" Ruiz, volante central, maestro de profesión, con las medias bajas y peinado a la gomina como un autentico caballero de finos modales que era, anestesiaba y sometía a los delanteros contrarios al examen prequirúrgico. A su espalda, listos como en quirófano, aguardaban con sus barbijos y sus botines equipados con el bisturí y la tijera, Huss y Allegri. Antes de cruzar semejante vallado los rivales se persignaban y enunciaban un sermón a modo de despedida. Aquella defensa era un paredón infranqueable. Los osados que lograban sortearla se llevaban de recuerdo algún souvenir en sus extremidades inferiores o debían buscar sus meniscos o tobillos en lo más alto de los alambrados perimetrales.

Ese torneo del 53 resultó el pináculo del rendimiento de Huss, su segmento dorado en las filas de la Institución.

Fuentes de confianza relatan una perla inolvidable de su carrera, un suceso acaecido en el desarrollo de un encuentro. Los libros aseguran que producto de un pelotazo que impactó en su cabeza(los balones de entonces tenían un peso semejante al de una bala de cañón) el robusto zaguero permaneció y aguantó en el terreno hasta el final del juego en estado de inconsciencia y recién al llegar al vestuario sufrió el razonable desmayo.

Como detalle de color agrego que los domingos, Don Oscar, salía de su hogar en su taxi, capturaba algunos viajes y cuando se acercaba el horario de arranque del encuentro estacionaba el vehículo en las adyacencias del estadio y se alistaba para cumplir con su deber como futbolista profesional.

El Negro disputó su último partido con la V azulada sobre su piel el 15 de diciembre de 1957 en el marco de una victoria ante Racing por 2 a 1 en el Amalfitani (esa misma tarde se retiró otro ídolo: Juan José Ferraro). La aritmética indica que fue nave insignia en 255 batallas y marcó 17 tantos (la bibliografía partidaria rescata una bomba, que todavía retumba en Avellaneda, lanzada desde su pie diestro ante Independiente el 24 de octubre de 1948) en una docena de campeonatos.

La memoria evoca su romance con el público, su generosidad, su hombría de bien y su espíritu solidario. Identificado a fuego con el Club, Oscar Huss es de los tantos futbolistas que mantuvieron encendida la antorcha de la mística fortinera y que dejaron grabada su impronta eterna en la historia de Vélez Sarsfield.

 

Gabriel Martínez